En la actualidad existe un amplio consenso en considerar a la educación como el
factor primordial del crecimiento económico y del desarrollo social, en atención
a esto, dicho proceso desprende altos beneficios sociales cuando existe mayor
formación en los individuos (ver Frances, 2000). Sin embargo, la generación y el
mantenimiento de la misma ostenta muchos problemas elementales, tales como: el
deterioro de las instalaciones, la escasez de recursos, los docentes sin
formación para ejercer su función, la ineficacia administrativa, y lo que casi
constituye un insulto para los venezolanos el desprestigio de la escuela
oficial, con su inevitable consecuencia: la desvalorización de la escolaridad
por las últimas generaciones. (Ver Nacarid, 2000).
Cabe señalar, que la educación como proceso social es amplia y diversa, por ello
se le relaciona con todas las actividades humanas, entre las cuales está la
adquisición de conocimientos o habilidades, pero lo que resulta más importante,
es su función como formadora de valores, actitudes, aspiraciones y expectativas.
(ver Hung y Piñango, 1989). Paralelamente a lo antes señalado, constatamos, con
gran asombro, el deterioro latente en muchos aspectos de la educación y por ende
del sistema escolar venezolano, especialmente durante los últimos veinte años, y
ello es debido a que se han acumulado carencias y deficiencias cuyas
manifestaciones más evidentes son: el incremento de la exclusión, la disminución
de la escolaridad, el bajo rendimiento en competencias básicas y el atraso en
comparación con otros países de América Latina.
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